Si el primer reto al que se enfrenta el sector alimentario es la rapidez con la que cambian las condiciones de riesgo, el segundo es comprender qué nos indican realmente esos cambios.
Como segunda parte de nuestra serie sobre los riesgos de la seguridad alimentaria, este artículo analiza un segundo desafío al que se enfrenta actualmente el sector alimentario: dar sentido al vasto y creciente volumen de información sobre riesgos de que disponen las organizaciones.En la primera parte, examinamos cómo los riesgos de la seguridad alimentaria están evolucionando a un ritmo más rápido del que muchos sistemas fueron diseñados originalmente para gestionar. Aquí nos centramos en la cuestión de la interpretación: cómo las empresas pueden ir más allá de la mera recopilación de datos sobre riesgos para comprender lo que esas señales les están indicando realmente.
Hoy en día, las empresas del sector alimentario se ven rodeadas de datos sobre riesgos. Las auditorías, las evaluaciones de proveedores, los informes de no conformidad, las quejas sobre productos y las alertas normativas ofrecen indicios sobre la eficacia con la que funcionan los sistemas de seguridad alimentaria. A esto se suma un flujo creciente de información externa —desde acontecimientos geopolíticos hasta incidentes de contaminación, pasando por informes sobre la prevalencia del fraude alimentario y notificaciones de denegaciones en frontera o retiradas de productos a nivel mundial—, cada uno de los cuales ofrece una perspectiva diferente sobre las condiciones que determinan el suministro alimentario mundial.
En teoría, las organizaciones están rodeadas de información sobre riesgos.
Sin embargo, la claridad puede seguir pareciendo difícil de alcanzar.
Parte del desafío radica en cómo se organiza esta información. Gran parte de los datos que se utilizan para monitorear los riesgos de seguridad alimentaria se encuentran en sistemas o informes separados, cada uno de los cuales se revisa en el contexto de una actividad concreta. Los resultados de las auditorías pueden analizarse a través de programas de certificación, el desempeño de los proveedores mediante la supervisión de las compras y los datos sobre retiradas de productos a través de los informes reglamentarios. Cada elemento ofrece una perspectiva útil, pero rara vez se combinan para formar una visión completa del riesgo en todo el sistema alimentario de principio a fin.
El resultado es un panorama en el que las organizaciones pueden tener visibilidad sobre problemas concretos sin comprender necesariamente cómo se relacionan entre sí o cómo aumentan el riesgo general para la seguridad alimentaria.
Esto no se debe a que el sector alimentario carezca de experiencia en la gestión de riesgos, sino todo lo contrario. Pocos sectores cuentan con una cultura tan arraigada de evaluación estructurada de riesgos. Décadas de aplicación de los principios del HACCP han proporcionado a las empresas alimentarias un marco claro para identificar peligros, evaluar riesgos y establecer controles.
Lo que ha cambiado es la magnitud y la diversidad de la información que ahora se tiene en cuenta a la hora de tomar esas decisiones.
Hoy en día, las señales de riesgo surgen de múltiples frentes a la vez. Algunas se refieren a lo que podría describirse como exposición al riesgo: las condiciones externas que conforman el entorno en el que deben operar los sistemas de seguridad alimentaria. Los fenómenos meteorológicos significativos, los incidentes de contaminación emergentes, las notificaciones de inspecciones fronterizas o de retiradas de productos y los acontecimientos geopolíticos que alteran las rutas de abastecimiento establecidas contribuyen a ese panorama, tanto a nivel geográfico como de categorías de productos.
Otros reflejan cómo se gestiona el riesgo dentro de las propias operaciones de una organización o de su red de suministro. Los resultados de auditorías, las no conformidades, las evaluaciones de proveedores, las quejas sobre productos y los datos operativos entran todos en esta categoría, lo que permite conocer cómo funcionan en la práctica los controles existentes.
Ambas perspectivas son importantes.
La claridad suele empezar a desvanecerse cuando esas dos perspectivas se analizan por separado en lugar de en conjunto. Las señales externas pueden indicar que la exposición al riesgo está aumentando en una región o categoría de productos concreta, mientras que los datos de desempeño internos parecen estables. Por otro lado, los indicadores operativos pueden sugerir la aparición de debilidades, aunque el entorno de riesgo general se mantenga sin cambios. Si se analizan de forma aislada, ninguna de las dos perspectivas ofrece una explicación completa.
Sin embargo, al combinarlas, se empieza a revelar algo más útil. Permite a las organizaciones ver no solo dónde existe el riesgo, sino también en qué medida sus controles actuales están preparados para gestionarlo. Comienzan a surgir patrones en todas las instalaciones, proveedores y categorías de productos. Las señales que antes parecían aisladas empiezan a conectarse.
Para las empresas alimentarias que operan en redes de suministro globales complejas, esa perspectiva más amplia es cada vez más valiosa. El riesgo se desplaza a lo largo de las cadenas de suministro, a través de los entornos normativos y entre las categorías de productos; no se limita estrictamente a los límites de los programas de auditoría.
Para comprender ese movimiento, es necesario analizar los datos sobre riesgos de una manera que refleje el sistema que describen: interconectada, en lugar de fragmentada.
Esto no implica necesariamente que se necesiten más datos. En muchos casos, el sector ya cuenta con más información de la que puede interpretar fácilmente. El reto consiste en organizar esa información de tal manera que permitan identificar patrones significativos.
En el próximo artículo de esta serie, analizaremos cómo se traduciría ese cambio en la práctica, y cómo las organizaciones pueden empezar a convertir el conocimiento de los riesgos en una supervisión más específica y eficaz en todas sus redes de suministro.
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